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jueves, 15 de diciembre de 2011
Acto reflejo
Por cuestiones de seguridad, en la prisión no hay espejos, con lo cual pasan años y no te ves. No ves cómo el paso del tiempo afecta a tu piel, a tu pelo, a tu expresión ni a tus facciones. No lo había pensado nunca, pero cuando saliera me encontraría conmigo mismo, ahí de frente.
La gente que está fuera no se da cuenta de que mirarse al espejo es un acto reflejo que todos hacen casi irremediablemente a diario, aunque sea sin prestar atención. Lo hacen aun sin ser conscientes y, casi todo el tiempo, tienen en mente la imagen que proyectan. Yo no lo sabía. No sabía cuál era mi cara después de tanto tiempo. No me había mirado en un espejo en dos décadas. Quizás algún vago reflejo en una cuchara o en una columna de metal, pero nada más.
Ahora estoy fuera. Acabo de salir y soy libre y puedo hacer las mismas cosas que hacen todos. Las voluntarias y las involuntarias. Pero hay algo que no me esperaba. Ni me lo había planteado. Que Ése del espejo ya no soy yo.
Éste fue el testimonio de un ex presidiario que escuché el otro día en una tertulia de la radio mientras iba en el coche.
Me hizo pensar.
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