Sí, de pena. Esa es la peor parte. De verdad que me tocó el alma. Una persona cuya única posible fortuna podría haber sido perder la cabeza pero no, en sus cabales. Durmiendo o intentándolo en el habitáculo de un cajero automático a las seis de la tarde. Con la voz sin pausa de una radio por única compañía y un rollo de mantas y abrigos por mobiliario. Imagen desesperanzadora como pocas. Enternecedor el hecho de que junto a él hubiera un envase de leche entera y algo que parecía cacao. Todos hubiéramos pensado que el vino casaba más con la situación, pero aseguró que no bebía. Nos lo contó cuando nos dirijimos a él para cerciorarnos de que estaba... "bien". La conversación fue corta pero me desgarró por dentro. Pidió perdón por estar recostado y se sentó para responder a nuestras preguntas. Preguntas que sólo pretendían acompañarlo en su triste existencia durante breves instantes. Hablaba claro y con cordura, eso es lo más triste. Dijo que el dinero que le dimos serviría para tomar o comer algo y comprar pilas para la radio. No bebo, eso no, pero sí que tengo el vicio de fumar, nos contó.
Y lloré. Lloré porque la vida es injusta y nadie merece no tener un colchón, calor o un alimento. Lloré porque eso pasa en una calle cercana a la de gente que recorre media ciudad en un BMW en busca de un papel pintado importado para su comedor donde cena solomillo con foie. Lloré porque gente así es invisible aunque nos corte el paso sin querer. Lloré porque no supimos más que ofrecerle unas monedas para facilitarle la tarde, que no alegrársela. Para eso sólo le dimos un poco de conversación.
Y quizás lo que más me hizo llorar fue que íbamos de camino al teatro. A ver comedia.
Y lloramos de la risa.
¿La vida es una paradoja o sólo me lo parece a mí?