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lunes, 27 de enero de 2014

Perdón por la demora

Ya sé, ya sé... las navidades ya pasaron, pero había hecho estas fotos para mostrarles hace tiempo y como todo lo lindo va recontra lento, menos el tiempo que pasamos trabajando... ahí se las pego, muy fuera de temporada pero con intención de que se maravillen como lo hago yo cuando toda la ciudad tiene aspecto de ser la ilustración de un cuento infantil.

Y digo yo, ¿por qué no dejan esta decoración todo el año y así no nos quitan las ganas de no parar de caminar hasta que amanezca? Supongo que es por eso de que como es una vez al año lo apreciamos más. ¿Será por eso?





miércoles, 5 de diciembre de 2012

Especial temporada

Les dije que les iba a hacer un especial fotográfico de Navidad. Digamos que no me esmeré como debiera pero acá les adjunto algunas imágenes que bien se adaptan a cualquier ciudad desde la que se lea este humilde blog (si llega a haber alguien en la China y no se siente identificado con el tema, por favor, manifiéstese, sobre todo porque me moriría de la emoción).

Simplemente les pongo en situación con respecto a lo que veo cada día.

En mi vida había visto una ciudad con más peluquerías por metro cuadrado

Todos tenemos frío

Mal enfoque, buena intención

¿Por qué cuando una ve un porcentaje siempre asume que es de descuento?

Minimalistas con las fachadas no son, no.

Pasé veinte veces por delante de este pesebre y recién hoy me dí cuenta de que está tallado en madera a mano ¡a tamaño natural!

Tampoco la pavada

El tipo siempre bien cómodo, como sólo trabaja una vez al año...

Mal enfoque, buena intención, reloaded

¿A que cuando una decora su casa nunca queda así?

Ni así (porque nosotras SÍ que planchamos el mantel)

¡Sabía que ésta les iba a gustar!

Como de mentira, pero real

Que levante la mano la que viva en un país en el que los domingos las tiendas cierren y dejen toda la mercadería afuera...

martes, 27 de noviembre de 2012

El comienzo de la transición

Después del torbellino de tareas que me tocó finiquitar la semana pasada, vino la recompensa en forma de maleta, bufanda y guantes, y transición a una nueva etapa. Varias circunstancias me trajeron hasta acá y tengo la suerte de estar disfrutando del descanso en una ciudad preciosa que todos los días me ofrece rincones sorprendentes.

Para que se hagan una idea general, acá abajo les pongo unas fotitos que muestran un poco de lo que veo cada día cuando me levanto. En pequeños capítulos les voy a ir contando en palabras o en imágenes las peculiaridades de este paradero actual mío donde voy a intentar cumplir una serie de objetivos importantes a la par que interesantes.












Ésto es sólo un avance. Si estoy inspirada estos días les voy a ir contando cómo esta gente vive las fiestas. Las calles de esta ciudad, igual que las de la mayoría de las centroeuropeas, se emborrachan -literalmente- de Navidad. Y a mí, que me encanta todo lo que esta fiesta implica a nivel puramente superficial, ésto me tiene enamorada (perdón por la frivolidad pero debo decir que es asi. Crecí en un país en el que la Navidad se celebra en vestido de tirantes bailando cumbia en el patio y empaquetando los regalos en papel con motivos cumpleañeros, el pesebre es libre de albergar animales tropicales y los Reyes son simples mensajeros de los parientes a efectos regalísticos... Con todo respeto a quienes la viven de manera religiosa: para mí la Navidad es el mejor carnaval).

martes, 13 de diciembre de 2011

Debo confesar

 


...que me encantan las películas de Navidad. Lo digo chiquito, para que no se entere mucha gente porque son muy cursis.





Lo que pasa es que, en general, soy muy tiquismiquis con las películas que veo. Salgo del cine y lo critico todo, si es criticable, claro (el criterio personal juega un papel muy importante y no tiene por qué coincidir con el de los expertos. Ellos sí que saben). Aunque ahora creo que ha llegado el momento de decir la verdad: me gustan las películas de esta época, me gustan mucho y no sé por qué. Igual que me gusta la decoración navideña y la música que ambienta las cafeterías, calles, tiendas y hogares.
Es una época linda para pasear, para tomar té con pastas en un local calentito con los cristales empañados por el frío, para ponerse abrigos gordos y bufandas haciendo juego con los gorros, para hacer repostería y que toda la casa huela a bizcocho (aunque no suba nunca, como me pasa a mí -esto es otro tema al que tengo que dedicar una entrada un día de éstos: mi gafe con los bizcochos anti-esponjosos).



En resumen, me gusta el ambiente, el olor, las luces por todos lados, las velas encendidas, el olor a canela, la gente abrigada, el rojo, el verde, el dorado... el champán (la imagen de la copa con las burbujas que suben, no el sabor)... esas cosas. Y como todas esas cosas generalmente se mezclan como en una batidora tipo milk shake en las películas, me encanta acomodarme en el sofá con una manta y tomar té con galletitas Spekulatius y ver todas las "choluladas" (como dice mi prima Laura) que dan las tardes de sábado o domingo y que tienen que ver con esta época.
Da igual si Papá Noel es al final el papá de alguien disfrazado con un traje apolillado y debajo del bigote blanco tiene el suyo negro, si el trineo viene volando por los aires y aparca frente a una casa con geranios florecidos en el porche aún con frío polar, si la nevada cae en Costa Rica, si hay una catástrofe aérea en la que nadie muere porque es Navidad, si Santa Claus convierte a un indigente en ejecutivo de Wall Street que va vestido de Armani y con su milagrosa recién adquirida habilidad para las finanzas salva a la bolsa en el último minuto antes del crack, si los renos hablan inglés con acento italiano o si todos se quieren mucho más que el resto del año (suegras-nueras por citar un ejemplo)... todo eso que no le paso a ninguna otra película, se lo perdono a las de Navidad.


Confesando ésto me siento como si Rambo dijera que le gusta ponerse crema con olor a rosas en las piernas y mascarilla de lavanda antes de irse a dormir.

Una vez mi primo Pablo, que me tiene por una aficionada al cine muy exquisita (¡qué ilusión parecer tan refinada!), vino a ver conmigo 'Love Actually' y cuando salimos, con un poco de miedo y en voz muy bajita osé decirle que me había gustado: casi me expulsa de la familia y ahora me mira raro...

Y bueno, una tiene sus debilidades y de vez en cuando debe revelarlas para parecer más 'humana' ;-). Porque ahora lo cool es decir que no te gustan las Navidades, que querés que pasen rápido y olvidarte de todo. Y sí, es cierto que hay cierta dosis de agotamiento en todo lo que hacemos por estas fechas, pero a mi me encanta la gente que decora sus casas, que hace regalitos y los envuelve con papel decorado y lazos con purpurina, que cocina bizcochos altos y esponjosos para sus amigos y que se compra unas medias de cebra o leopardo sólo porque es Navidad.


Son sólo unos días, un poquito de paciencia. Después ya volveremos a la rutina sin luces de colores ni velas rojas. Ya tendremos tiempo de tomar el té sin canela y de envolver los regalos con papel azul o darlos con la bolsa de Carrefour (así, sin glamour). Ya volverán las películas rusas en versión original o subtituladas en francés del norte. Mientras tanto, cursilerías power.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Poder evocador (segunda parte)

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El sentido del olfato es capaz de distinguir entre más de 10.000 olores diferentes y es el más fuerte al nacer. 
Y sí, a mí también me pasa. Los olores me transportan. Y lo hacen porque tienen un poder inmenso a la hora de retrotraernos a otros momentos. Una fuerza evocadora poderosísima.
Un perfume, una flor o el olor de una comida nos llevan hasta sitios y momentos que creíamos olvidados. Y nos sitúan en ellos con tal nitidez que a veces parece increíble.
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¿Quién no sucumbe ante el olor a café recién hecho? ¿Y no nos acordamos de nuestra adolescencia cuando olemos nuevamente esos perfumes de moda de los 80 ó 90? (menos mal que los olores eran buenos porque la moda era terrible!)...
¿Y la sopita? Ese caldo que nos hacían de chicos. ¿O la coliflor hervida? Uuhhh...
¿Y el suavizante de la ropa?
¿Y el perfume de ese rollito de verano? Ése perfume.
¿Y la tierra mojada?
¿Y el césped recién cortado?


A mí me pasa que no soporto el olor de esa flor que sólo se abre de noche y que desprende un aroma a pseudojazmín... Me recuerda a mi adolescencia, ese tiempo en el que cambié de país y dejé atrás todo lo que quería para encontrarme con lo desconocido. Ése es el olor que recuerdo de las primeras noches de verano en el viejo mundo y se traduce en melancolía pura.

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Y sí que me encanta el olor a bizcocho en las tardes de otoño. Ese bizcocho que hacía mi mamá cuando éramos chicas, especialmente en los días de lluvia.
También recuerdo claramente el olor de una crema protectora solar en particular, esa de cuando íbamos a la playa siendo chicos... una de color rosa. Es un olor que me transporta a los 8 ó 10 años, a esas tardes de playa interminables. 
¿No es increíble que que algo tan escondido en la memoria pueda venir al presente por algo tan pasajero como un olor? ¡Qué relación tan estrecha esa de las emociones y la memoria!

Fíjense si es poderoso lo que representan que hay empresas que se dedican al marketing olfativo. Sí, eso.
Crean una fragancia y la venden en forma de cajita que al abrirse desprende un aroma característico y que uno relaciona directamente con el negocio al que hacen referencia. Por ejemplo ésta.
Curioso ¿no?

El olor que espero ahora, cuando llegan las fiestas, es el de la canela. Está por todos lados y me recuerda a esta época y a Alemania en particular. Eso es porque está presente en mucha de la repostería de navidad de ese país, donde se viven las fiestas de forma mágica. Y yo soy la primera que va a ir a comprar esas Zimtsternen o Spekulatius que hacen su aparición estelar en estos meses, para transportarme a esas plazas abarrotadas de gente en los mercadillos repletos de adornos navideños, olor a garrapiñadas, vino caliente y galletitas deliciosas.

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