viernes, 11 de noviembre de 2011

Le blog du Paris



Lo primero que tengo es terror de haber escrito mal alguna de las palabras en francés del título. Lo segundo es el gusto de presentarles el blog de una amiga. Una amiga de la infancia. Una amiga de esas con las que, aunque contactamos muy de vez en cuando, nunca perdimos los lazos (siempre le agradeceré de corazón que fuera mi más fiel escritora de cartas durante mis primeros años en el viejo mundo, incluso coincidiendo con un primer exilio suyo dentro de las Américas). La vida dio muchas vueltas desde que nos conocimos y ambas vivimos hoy, aunque por circunstancias distintas, al otro lado del océano, por eso estoy encantada de saber que ahora puedo seguir más de cerca su día a día gracias a su lindísimo blog.

Al parecer, con el paso de los años descubrió su afición y vocación por la cocina y ahora nos lo cuenta en forma de recetas para que podamos disfrutar de sus manjares y su cotidianeidad también en la distancia.
La cuestión es que Cielo es ahora parisina, habla francés, tiene dos parisinitos y cocina platos con nombres preciosos propios de una película de Jean Pierre Jeunet. Y, como a mí me gusta el glamour, el fromage, la patisserie francaise, el vino de Bordeaux, los modelitos de Yves Saint Laurent, la Provence, pasear por le Champs Elysees y tomar café au lait (olé!), también me gusta contarles que tengo una amiga con dotes culinarias y cibernéticas que escribe un blog maravilloso.

 
Así que desenpolven ese francés medio olvidado del colegio y visítenlo. Enfúndense en un delantal rojo con ribetes de terciopelo y, batidora en mano, prueben de hacer algún platito de esos que alegrarán el día al prójimo (a ese prójimo en forma de novio, marido, hijos, amigos o vecinos que tanto lo agradecerá). Después, mientras tomemos un té con unos Financiers au miel et aux framboises me cuentan qué tal.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

El discurso de tu vida



Ayer iba en el coche y en la radio escuché, en vivo y en directo, la lista de galardonados de los premios Ondas. Y voy y me emociono. Ya ven, emoción con la entrega menos emocionante del panorama “galardonil”. Listita de ganadores y ya está. Ni suspense, ni flashes, ni nervios de esos de arañar los apoyabrazos de la butaca. Pero los premios son así. Me arrugan la nariz y me da por tragar espeso. Y ya sabemos que al final son todos cursis. Lo son. Los premiados siempre dicen lo mismo: “Esto no es sólo para mí, es para todo mi equipo” o “Lo comparto con mis rivales que tanto lo merecían” o cosas como: “No me lo esperaba”… Vengaaaa, ¿en serio?
Pero la verdad de la buena es que a todas nos encantaría estar en un escenario con un vestido rojo palabra de honor y las pestañas más altas que nunca, zapatos de esos tan monos que duelen como si fueran de espinas, con la sonrisa blanco nuclear y un collar de no sé qué diseñador de nombre francés que te obliga a llevar guardaespaldas. Y, sobre todo, nos gustaría estar ahí para dar ese famoso discurso de agradecimiento, con o sin chuleta, da igual. (Por cierto ¿no es un poco pedante llevar la chuleta? Siempre pensé que quien la lleva es que estaba seguro de que iba a ganar… ¡qué sobeeeerbia!).
En fin, que a todas nos haría ilusión, mucha, y tooooodas (no digan que no) sabríamos cómo decir ese discurso con mega-elegancia porque ya lo practicamos mil veces en el espejo del baño con el champú en la mano a modo de premio.
Yo con mi Pantene: “¡Gracias, gracias! ¡Muchísimas gracias! Esto no es sólo un reconocimiento para mí sino también para mi equipo (tenía que decirlo). Fulanito: gracias por tu apoyo incondicional. Menganito: gracias por darme mi primera oportunidad. Papá, mamá, Cuqui, Loli, Toti y a Mr. X que está allí sentado (con esmoquin, zapatos impecables y brazos de hierro), gracias por estar ahí cada día…” etc. etc. En fin, toda la ristra. Y un poco de lagrimita, que siempre queda genial (sólo un poco, que sabemos que el rímel peligra y no queremos salir así por la tele).
¡Ah! Y lo que me dan en mis fantasías siempre es ¡un Oscar! Evidentemente ni pienso en que sea por actuar. Es el premio más glamuroso y punto. Bueno, un Grammy tampoco estaría mal.
La verdad de la buena ¿nunca salieron de la ducha y, champú en mano, dieron el discurso de sus vidas después de haber quitado con la manga del albornoz el vaho del espejo?
¡Vengaaaaaa! Confiesen… no me dejen sola.

PD: Mi ideal de discurso de agradecimiento, de vestido, de llanto y de toooodo fue el de HalleBerry cuando recogió el suyo. Así, tal cual, me imaginé yo.


martes, 8 de noviembre de 2011

Sturnus ¿vulgaris? (de 'vulgaris' nada)



Soy de la firme idea de que deberíamos aprender conductas de los animales. Pero firme-firme, eh.
De que, con nuestras posibilidades, deberíamos utilizar mucho más nuestra inteligencia y de que, si pensáramos de forma colectiva, las cosas funcionarían infinitamente mejor.
Los animales saben más. Saben cómo comportarse y lo que hacen siempre está fundamentado y siempre tiene un sentido lógico. Y no les prestamos la suficiente atención. ¿Cómo es posible?
Tenemos anestesiado el sentido de la observación y sólo lo agudizamos para utilizarlo como arma arrojadiza a la hora de la crítica. Ellos no lo hacen. Lo utilizan para aprender.


Ésto sí que es trabajo en equipo. Si esta coordinación la practicáramos nosotros, todos los días haríamos cositas de esas que quedan taaan bien y que hacen felices a otros. Gestos de esos que ahora están en la bolsa de la utopía, ahí metiditos.
¿Se imaginan que al conducir cediéramos el paso sin esperar a adelantar para mirar al caradura que se atrevió a pasarnos? Así, con el ceño fruncido y algún aspaviento con la mano, quizás.
¿Me hago la loca y me cuelo en la cola de caja? Es que yo SÍ que tengo mucha prisa.
La señora del quinto ¡cuántas bolsas lleva!, pero qué pereza me da ayudarla. Casi mejor que no, que además me da charla y me entretiene.
No encuentro la papelera y no pasa nada de nada si tiro este envoltorio de galletita en la calle. Total, ni se ve.
Oye, y este descarado ha puesto el codo en el apoyabrazos de la butaca. En cuanto se despiste le doy un empujoncito y lo pongo yo.

Podríamos hacer cantidad de cosas que garantizasen la convivencia. Porque ahora andamos cada uno para su lado. Y me incluyo, no se crean que estoy acá dando lecciones, tan pancha, sin darme por aludida de mí misma. Bueno, no tiro papel en la calle... no, no. Eso ni hablar.

Cuando miro ésto (el video), vuelvo a pensar que son ellos los sabios... Pero sin duda alguna. Los animales, que con sus recursos mínimos programan unas reglas de conducta y las aplican sin excepción para que funcione ese ritmo acompasado que les permite no chocarse unos con los otros. En sentido literal y figurado.

Se me pone la piel de gallina... o, mejor dicho, de estornino.
¡¡ A-lu-ci-nan-te !! ¡No me digan que no!

lunes, 7 de noviembre de 2011

Poder evocador (segunda parte)

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El sentido del olfato es capaz de distinguir entre más de 10.000 olores diferentes y es el más fuerte al nacer. 
Y sí, a mí también me pasa. Los olores me transportan. Y lo hacen porque tienen un poder inmenso a la hora de retrotraernos a otros momentos. Una fuerza evocadora poderosísima.
Un perfume, una flor o el olor de una comida nos llevan hasta sitios y momentos que creíamos olvidados. Y nos sitúan en ellos con tal nitidez que a veces parece increíble.
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¿Quién no sucumbe ante el olor a café recién hecho? ¿Y no nos acordamos de nuestra adolescencia cuando olemos nuevamente esos perfumes de moda de los 80 ó 90? (menos mal que los olores eran buenos porque la moda era terrible!)...
¿Y la sopita? Ese caldo que nos hacían de chicos. ¿O la coliflor hervida? Uuhhh...
¿Y el suavizante de la ropa?
¿Y el perfume de ese rollito de verano? Ése perfume.
¿Y la tierra mojada?
¿Y el césped recién cortado?


A mí me pasa que no soporto el olor de esa flor que sólo se abre de noche y que desprende un aroma a pseudojazmín... Me recuerda a mi adolescencia, ese tiempo en el que cambié de país y dejé atrás todo lo que quería para encontrarme con lo desconocido. Ése es el olor que recuerdo de las primeras noches de verano en el viejo mundo y se traduce en melancolía pura.

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Y sí que me encanta el olor a bizcocho en las tardes de otoño. Ese bizcocho que hacía mi mamá cuando éramos chicas, especialmente en los días de lluvia.
También recuerdo claramente el olor de una crema protectora solar en particular, esa de cuando íbamos a la playa siendo chicos... una de color rosa. Es un olor que me transporta a los 8 ó 10 años, a esas tardes de playa interminables. 
¿No es increíble que que algo tan escondido en la memoria pueda venir al presente por algo tan pasajero como un olor? ¡Qué relación tan estrecha esa de las emociones y la memoria!

Fíjense si es poderoso lo que representan que hay empresas que se dedican al marketing olfativo. Sí, eso.
Crean una fragancia y la venden en forma de cajita que al abrirse desprende un aroma característico y que uno relaciona directamente con el negocio al que hacen referencia. Por ejemplo ésta.
Curioso ¿no?

El olor que espero ahora, cuando llegan las fiestas, es el de la canela. Está por todos lados y me recuerda a esta época y a Alemania en particular. Eso es porque está presente en mucha de la repostería de navidad de ese país, donde se viven las fiestas de forma mágica. Y yo soy la primera que va a ir a comprar esas Zimtsternen o Spekulatius que hacen su aparición estelar en estos meses, para transportarme a esas plazas abarrotadas de gente en los mercadillos repletos de adornos navideños, olor a garrapiñadas, vino caliente y galletitas deliciosas.

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martes, 1 de noviembre de 2011

Día 26: Algo viejo (something old)


Parece mentira pero hoy esta hoja del calendario ya es vieja. Pasó. Es historia.
Ahora mismo voy a pasar la página porque hoy ya es 1 de noviembre. Y será sorpresa, porque mi hermana Ceci (que también es fan del calendario de Fotogramas de cada año por culpa de esas fotos taaaan glamourosas) me tiene prohibido cambiar la hoja antes de tiempo o espiar a ver cuál es la siguiente imagen. Dice que tiene que sorprenderte. Ella lo compra, lo cuelga y no espía ni un poquito. Espera pacientemente al primer día del mes para, con mucha calma, pasar la hoja y darse una alegría con la foto del mes que empieza. Son todas lindas y en todas salen actrices de esas "que ya no hay", de esas con la piel perfecta, formas redondas, con estilazo, peinados imposibles y vestidos de esos que marcaron época. Sí, de esas, de las "de antes".
Y lo peor es que cada vez que cambio la página pienso que mañana me voy a peinar así o que voy a ir a trabajar entaconada, con mucho rímel o con un vestido negro de esos de cena de gala o entrega de Oscars. Al final, me levanto corriendo, hago café con leche, me ducho, corro por toda la casa porque se hace tarde, lo que me quiero poner está sin planchar, no tengo ganas de ir incómoda así que los zapatos que me quiero poner no me pegan con lo que llevo puesto y, al final, ni me acuerdo del glamour (qué bien suena: "glamouuuuuur").
En fin, que hago lo que puedo, pero está claro que a las 7 de la mañana cuesta mucho ser como Marilyn.
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